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ENSAYO

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El gran reto de la traducción literaria: el traductor como puente entre dos cosmovisiones diferentes.

Por: María José González

A lo largo de mi formación como filóloga, uno de los temas que más despertó mi interés fue la traducción. Actualmente existe una idea muy extendida que reduce este oficio a un simple reemplazo mecánico de palabras de un idioma a otro; sin embargo, mi proceso de aprendizaje me permitió entenderlo desde su vasta complejidad y los múltiples retos que implica. 

 

El amplio universo de la traducción está marcado por barreras como las diferencias morfológicas y sintácticas entre ambos idiomas. No obstante, estas dificultades se intensifican significativamente cuando nos adentramos en el terreno de la traducción literaria,  como es señalado por Octavio Paz, (1971). Partiendo de esta idea, se busca sostener que la traducción es un proceso complejo que sirve como puente entre dos cosmovisiones diferentes. Lo anterior se expondrá discutiendo algunos de los desafíos que el traductor literario debe enfrentar, tales como  las barreras técnicas, el simbolismo, la idiosincrasia que carga cada idioma, y en muchas ocasiones la misma censura. 

 

En primer lugar, es importante resaltar que la traducción implica un proceso cognitivo profundo. Esto se debe a que la lengua materna del traductor siempre opera como un filtro que condiciona su percepción de la realidad. Del mismo modo, el texto original habla desde una cosmovisión ajena a la del traductor. Este fenómeno puede explicarse desde la lingüística contrastiva, la cual trata con procesos como la transferencia y la interferencia que exponen cómo no sólo las estructuras de la lengua materna (L1) entorpecen el proceso de transferencia a lengua de llegada (L2), sino que también moldean conceptos tan abstractos como el tiempo, la percepción del espacio, y la misma agencia o responsabilidad sobre los actos (Valenzuela, 2002). Un ejemplo notorio de esta última es el uso recurrente de la voz pasiva en inglés, cuya estructura refleja una concepción de la responsabilidad que no siempre encuentra una correspondencia natural en la sintaxis del español.  Lo que quiere decir que el enunciado: “The window was broken” en inglés, no es completamente igual a su adaptación en español “La ventana se rompió”, en donde se puede notar un claro cambio en la agencia del objeto frente a la acción. En el primer caso, la ventana fue rota por alguien y se enfatiza en ello. En cambio, en español se hace uso del pronombre reflexivo “se”, el cual indica que no hay un sujeto externo que haya llevado a cabo la acción, por lo que el enunciado puede ser interpretado como si la ventana se rompiera a sí misma.

 

A partir de esto, se hace más notorio cómo la traducción se convierte en una transferencia de ideales y formas de ver el mundo, (Orellana, 1990). En el ámbito de la literatura, al ser un acto mucho más sensible e imaginativo, las palabras adquieren una alta carga simbólica de tal forma que se tornan insustituibles por términos equivalentes en el idioma de llegada (L2). Por tal motivo, en un contexto artístico la literalidad muchas veces carece de sentido y utilidad, momento en el cual se vuelve necesario recurrir a lo que Octavio Paz denomina como “Transmutación”. Un claro ejemplo de esto es la traducción en la poesía; en donde el traductor apela a su propia facultad creativa para desmontar los signos y figuras originales del poema, para así reconstruir un efecto análogo y lograr la preservación de la emoción en el lector de llegada. 

 

Esta transmutación simbólica la podemos ver ilustrada en algunos poemas de Victor Hugo. En algunos casos el traductor decide adaptar del español al francés, la grafía y pronunciación original de las ciudades, transformando  Cádiz en Cadix, Murcia en Murcie o Segovia en Ségovi con el fin de no afectar la estética de la obra, conservando el estilo y ritmo por medio de esta adaptación.  Mientras que, al decidir que ciudades como Barcelona o Alicante permanezcan intactas en su idioma de origen, también está demostrando una mediación activa en el proceso traductor, puesto que en este caso se hace con el propósito de evocar el sentimiento de extrañeza y lejanía en el lector francés.

 

Además, es pertinente señalar que los desafíos a los que se ve expuesto el traductor no solo provienen de la estructura interna del texto o de la lengua en sí misma, sino que existen ciertas fuerzas sociales externas como la hegemonía editorial y la censura, que actúan como obstáculos en el proceso. Más allá de estas dificultades estéticas y técnicas que se han discutido anteriormente, estas estructuras de poder, donde el eurocentrismo es una de las más fuertes y dominantes, suelen decidir qué voces culturales tienen permitido circular y cuáles permanecen en lo oculto. Tal como fue expuesto por Mercedes Guhl en el foro: «Escritura, Traducción y Poder» (Rueda Monreal et al., 2026). Espacio en donde Guhl expuso su caso personal al traducir 1984 de George Orwell y los retos que atravesó en el proceso, explicando cómo la traducción del libro funcionó como una herramienta de control político, al tener que enfrentar una circulación limitada y censurada durante los periodos del franquismo en Latinoamérica.

 

Además de esto, Mercedes explicaba las tensiones que tuvo que atravesar durante el proceso, en cuanto a la morfosintaxis y tonalidad de la obra. En primer lugar, en la adaptación de la  neolengua tuvo que afrontar el hecho de que algunas palabras como “goodthink” y “newthink” no siguen reglas morfológicas y gramaticales usuales del inglés lo cual crea en la audiencia de la L1 un efecto deformador y alienante, por lo que aquí tuvo que emplear su capacidad creativa al crear neologismo en español –tales como “bienpensar” y “nuevopensar”– que dieran esta misma impresión en el lector de la L2. Además de esto recalca que a pesar de que el tono de Orwell fuese periodístico y directo, ella no podía hacer una traducción excesivamente literal puesto que lo primordial era recrear este ambiente de asfixia y paranoia, por lo tanto debía intentar un equilibrio entre ser fiel al tono del autor y al mismo tiempo asegurar que el lector entendiera el peso del control social ejercido por la neolengua.

 

Como conclusión, resulta fundamental destacar las complejidades del proceso de traducción literaria si se quiere reivindicar un oficio que, aunque hermoso la mayor parte del tiempo es menospreciado, invisibilizado o reducido a la literalidad de las palabras. A lo largo de este análisis, hemos podido evidenciar lo problemática que puede ser la traducción literaria, ya que funciona como una mediación sumamente compleja que abarca dimensiones técnicas, estéticas e idiosincráticas. Además, pudimos examinar cómo el traductor no opera únicamente como un transcriptor mecánico o un puente neutral, sino que juega un rol extremadamente activo, ya que posee la capacidad de habitar en dos mundos y dos perspectivas distintas, haciéndolas dialogar para que así el lector pueda asimilar una realidad ajena a la propia de manera delicada y fluida. En resumen, la traducción literaria como función especializada tiene la gran responsabilidad de garantizar la preservación del diálogo de dos almas distintas, nacidas en dos mundos distintos: la del autor de la obra y la del propio traductor, demostrando cómo la palabra a pesar de todas las barreras lingüísticas y culturales  mencionadas puede llegar a unirnos en lugar de crear distancia.

Referencias

 

          Orellana, M.: Orellana, M. (1990). La traducción del inglés al castellano: Guía para el traductor (3.ª ed.). Editorial Universitaria.

 

          Paz, O.: Paz, O. (1971). Traducción: literatura y literalidad. Tusquets Editores.

 

          Valenzuela Manzanares, J. (2002). Lingüística contrastiva inglés-español: una visión general. Universidad de Murcia.

 

          Rueda Monreal, R., Guhl, M., Kleemann, S., y Torres Pérez, E. Z. (2026, 23 de abril). Escritura, traducción y poder. Foro de Traducción Editorial y Literaria, Programación Oficial FILBo, Bogotá, Colombia. 

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